Abogado y consejero

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Los abogados no acudimos exclusivamente a un Tribunal para defender a nuestros clientes. A veces, muchas, “ese sitio” es la peor opción. En mi Despacho, y en muchos más, ser abogado y consejero nos deriva a obtener soluciones que, si bien se gestan en semanas, meses, e incluso años, no llegan siempre a un Juzgado y nuestros clientes, en tal caso, sólo acuden a la Curia a firmar.

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Javier Beltrán-Domenech

Aunque Ud no lo sepa, los buenos abogados evitan por todos los medios acudir al Juzgado. Incluso cuando saben que el caso de su cliente tiene perspectiva de ser estimado, e inician una vía de resolución extrajudicial: más íntima, más rápida, más económica. El problema es cuando la otra parte se cierra en banda, imprudentemente y por falta de cultura jurídica, a negociar.

Ahora, desde que la Administración de Justicia se ha vuelto inútil para salir del torbellino de la Pandemia, lo evitaremos mucho más.

En estos últimos 25 años he atendido a miles de clientes con problemas reales y objetivos. Un abogado tiene clara cuál será su intervención al poco tiempo de la visita tras ver los documentos que le traen, o escuchar datos concretos, e inicia la operación “salvar al justiciable” lo antes posible.

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Otros clientes que piden cita no tienen clara la actuación o camino que deben seguir en un asunto concreto personal o profesional de sus vidas y vienen a buscar consejo. Y es curioso cómo lo hacen, pues bien comienzan a hablar dando cosas que ya han leído como ciertas, entendiendo que yo asiento a cada cosa que dicen, bien dialogando o bien preguntando sobre una lista escrita y escuchando atentamente, y escribiendo, lo que les explico. En todo caso, al final siempre doy mi solución posible a su problema le guste o no lo que oye. Abogado y consejero.

Sí, también recibimos a personas que sólo quieren hablar de cosas íntimas sin invadir, en modo alguno, las competencias de nuestros amigos de la Psicología. He atendido a clientes que, dando un nombre falso, únicamente venían a preguntarme por cómo salir ellos u otra persona de su entorno de un embrollo terrible, que nada tenía que ver con mi profesión, fiándose de mi consejo y experiencia. También he atendido a clientes que me han contado abiertamente, al sentarse en el despacho y saber que aquello era confidencial, que la policía los perseguía y que les explicara a qué países y cómo podían escaparse. Sí. No es broma.

Tengo suerte con mi memoria y me acuerdo de cada caso. Me precio de haber podido ayudar en prácticamente la totalidad de consultas y, cuando alguna duda o tarea ha excedido de mis competencias, les he derivado a un profesional jurídico (materias del Derecho que no son mi especialidad) técnico o psicológico.

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Pero el inicio de la confianza es complicado. Claramente, cuando una persona pide cita a un abogado y se sienta en un sillón-confidente frente a él, la desconfianza está en el aire y es un arte, créanme, diluirla en pocos minutos para poder comenzar a obtener datos veraces con los que poder asesorarle de forma efectiva. En sus siguientes visitas, si hemos decidido representarle, la relación ya es fluida y directa. Al estar protegida por la confidencialidad de las paredes del despacho, tanto del abogado al cliente como del cliente al abogado, la consulta se hace conversación y es mucho más fácil intimar y, por tanto, acertar con la estrategia.

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Abogado y consejero

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Y este el tema del que les hablo. Muy, muy, muy de vez en cuando, una mañana o tarde, sin esperarlo, de verano o invierno, en un día o cita no especialmente solicitada, “se obra un milagro” en el Despacho. En todo este tiempo de ejercicio puedo contarlos con los dedos de una mano y los recuerdo perfectamente.

Vienen juntos, callados y pausados. Llevan media vida casados, arrejuntados, inscritos o no como pareja de hecho. Débilmente, me plantean con toda la confianza que ya tenemos que esta vez vienen “para divorciarse”. Quieren saber cuáles son las medidas que se van a derivar de ese cese de convivencia, divorcio o ruptura. Pero realmente no saben por qué y, sin saberlo, consideran el divorcio o cese de convivencia, y acudir al abogado de su confianza, como el castigo a lo que uno u otro ha hecho o dicho.

Pues salen del Despacho sin divorciarse… Como lo leen.

No, no, no… Soy muy práctico, no crean que con los asuntos de familia y divorcios que llevamos a cuestas estos lustros creo en el amor como algo eterno y general. Creo que es una absoluta lotería y, si se cuida mucho, dura mucho. Y no se crean, cuando hago magia, que invado la tarea de un sacerdote, por creencias, o de un psicólogo, por sapiencia. En absoluto. Es simplemente que, conociéndolos, y una vez escuchado por qué han venido, y evidenciado que no hay motivo alguno y que el propio sistema, o sus creencias, les ha hecho pensar que sí, hace que les cuente lo que yo sé de ese tema. Y es que cuando se lleva años viendo estos casos tras el parapeto de una mesa (y ahora tras un cristal y una mascarilla), se observa que, de vez en cuando, hay parejas que tienen tantos motivos para divorciarse como motivos para no hacerlo. Tras cientos de almas aparecen algunas que no saben qué quieren y uno, modestamente, sí puede ver qué tornillo debe ajustarles para que el asunto funcione. Y simple, consciente y abiertamente, se usa con consentimiento esa llave especial y lubricante para ese engranaje que habían dejado sin usar, oxidado, con polvo y telarañas.

Se preguntarán si eso es un parche o es definitivo y, si mi trabajo es cobrar por divorciarles o separarles, porqué pierdo el asunto y no lo llevo, ¿verdad? Pues la respuesta es muy simple: mi misión es dar al cliente el mejor consejo posible, con todos los datos de los que dispongo, para resolver su problema. Y el divorcio o la separación, en estos escasísimos asuntos, no es la solución inmediata. El ser humano es a veces demasiado complejo como para que un divorcio lo arregle…

¿Qué les digo? ¿Qué requisitos lleva o cómo se hace? ¿Por qué no todos tienen arreglo? Cada caso es un universo, y la respuesta se queda entre las paredes de mi Despacho. Esos poquísimos días, créanme, cuando apago la luz y cierro el Despacho, no me quita la sonrisa ni cuando enciendo la radio y escucho a alguien del Gobierno opinando sobre algo que, ni por asomo, conoce.

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Javier Beltrán-Domenech

Javier Beltrán-Domenech
¡Gracias por seguirnos! En 2020 cumplimos 25 años. Tras miles de asuntos judiciales a nuestras espaldas, sabemos que es imprescindible tener a su lado un buen abogado que le guíe por el complejo mundo judicial.

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