En el ejercicio diario de la abogacía cada minuto cuenta y cada plazo apremia, así que tomarse un tiempo de pensar no solo parece un lujo, sino incluso una traición al deber profesional. Cuanto más joven peor pues el cuerpo sabe que aún le queda mucha cuerda. Sin embargo, esta visión está completamente alejada de la realidad jurídica y humana. En este artículo explico la importancia de un tiempo de pensar. Se trata de incorporar o aprovechar una pausa forzada, por ejemplo los días de vacaciones de Navidad, como parte del desempeño profesional y así gestionar el estrés.
Tiempo de pensar
Por Javier Beltrán-Domenech. Abogado especializado en Derecho Procesal y Derecho Civil.
La abogacía, en su vertiente más técnica, exige una disponibilidad casi absoluta. Las notificaciones judiciales, los plazos procesales y las decisiones urgentes generan un ritmo que difícilmente permite parar. No obstante, es precisamente en esos momentos cuando detenerse resulta más necesario.Reflexionar y detenerse, cuando se hace con sentido, mejora la calidad de la defensa y la toma de decisiones.
Tiempo de pensar: la gestión del estrés en la abogacía como obligación profesional.
El tiempo de pensar permite que el profesional asimile la información de manera más profunda y elabore estrategias más eficaces. La reflexión pausada previene errores derivados del automatismo y reduce significativamente el agotamiento emocional que conlleva la hiperactividad jurídica.
Tomarse una pausa entre jueves por la tarde y lunes, por ejemplo, sin reuniones ni agenda, no es un abandono de funciones. Es una medida profiláctica para proteger la salud mental y profesional del abogado. Idem tomarse una tarde entera libre de llamadas y comunicaciones. Cuesta, sí, pero sólo al principio (como todo)
La LEC y los márgenes procesales.
Contrario a lo que muchos creen, la Ley de Enjuiciamiento Civil (LEC) permite una planificación del descanso sin perjuicio procesal. El artículo 130 LEC establece claramente los días inhábiles y permite al abogado organizar sus periodos de desconexión. Además, los artículos 151 y 135 LEC en relación con los actos de comunicación y cómputo de plazos otorgan cierto margen que puede aprovecharse para agendar días libres sin comprometer los intereses del cliente. Así, el tiempo de pensar puede programarse sin infringir normas ni perder diligencia profesional.
Esto requiere una correcta gestión del calendario jurídico, el uso de herramientas de control procesal y una comunicación proactiva con el cliente. Una planificación responsable del descanso no es una opción caprichosa, sino un derecho profesional legítimo.
Estrategias para implementar pausas conscientes en la práctica legal.
Adoptar un tiempo de pensar en la abogacía no es improvisar ni dejarse llevar por el agotamiento. Es una técnica que debe estructurarse con claridad. Algunas estrategias útiles son:
Cerrar agenda durante tres-cuatro días hábiles al mes, bien planificados y que se extiendan, por cuestión de controlar plazos, al fin de semana. Siempre, por supuesto, en semanas de menor carga judicial. Silenciar notificaciones, sin excepción, durante esos días para evitar la fragmentación mental. Informar de la mejor forma, y esto es un arte, de su no disponibilidad a los clientes con un mensaje profesional fijo o que aparezca a requerimiento (envío de respuesta automática por correo-e) que refuerce la idea de que una mente descansada es una mente más eficaz. Reflexionar sobre casos en curso sin intervenir activamente, generando análisis más creativos y reposados.
En estos periodos, el abogado no desaparece, simplemente se regenera. La abogacía no necesita más horas; necesita más lucidez.
El riesgo de no parar: cuando la mente jurídica se agota.
Ignorar el tiempo de pensar lleva a lo que se conoce como “fatiga decisional”. Este fenómeno provoca que el profesional, por exceso de decisiones diarias, pierda capacidad analítica y empatía. La calidad del servicio se ve afectada, y los errores se vuelven más probables. Además, la sobrecarga constante reduce la capacidad de persuasión, afecta la retórica procesal y entorpece la estrategia legal. Si un abogado no se detiene nunca, se convierte en un operario del proceso, no en un jurista eficaz.
Desde el punto de vista deontológico, mantener un estado mental equilibrado es parte de la diligencia exigible al profesional del Derecho. El descanso no es pereza: es un deber implícito en la buena práctica legal.
Pausar no es renunciar. Reflexionar no es perder el tiempo. Tomarse un tiempo de pensar es una decisión estratégica que mejora la defensa, protege la salud del abogado y refuerza el valor del Derecho. En un mundo donde todo urge, pensar con calma es un acto de valentía. Y cada vez más.
Tiempo de pensar
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