Domesticar la IA

Hay tecnologías que se anuncian durante años y otras que, sencillamente, un buen día ya están aquí. La inteligencia artificial pertenece a esta segunda estirpe. Domesticar la IA. Todo esto podría parecer una discusión ajena a un despacho de abogados, pero sería un error creerlo porque la inteligencia artificial ha entrado, por la puerta grande, en la abogacía.

Domesticar la IA

Javier Beltrán-Domenech es abogado especializado en Derecho Procesal y Derecho Civil. Javier Beltrán Abogados Alicante.

Hay tecnologías que se anuncian durante años y otras que, sencillamente, un buen día ya están aquí. La inteligencia artificial pertenece a esta segunda estirpe. Mientras una parte del mundo seguía discutiendo si sería una moda pasajera o una amenaza existencial, la IA hizo lo único que sabe hacer: crecer. Y crecer, además, a una velocidad que ha dejado atrás a casi todos, empezando por quienes pretendían frenarla y terminando por quienes confiaban en administrar su avance a golpe de comisión y de reglamento.

El dato más revelador de este verano de 2026 no es un producto ni un anuncio corporativo, sino una constatación institucional. Las Naciones Unidas han reconocido que la inteligencia artificial avanza más deprisa que las reglas concebidas para controlarla. No es una frase de titular: es un diagnóstico.

Una velocidad que ha dejado atrás a casi todos

La tecnología ha dejado de limitarse a resumir textos, responder preguntas o redactar informes para adentrarse en el terreno del descubrimiento. Los sistemas actuales han predicho la estructura de más de doscientos millones de proteínas, aceleran el hallazgo de fármacos y la investigación sobre la resistencia a los antibióticos, y empiezan a proponer hipótesis científicas por sí mismos. La IA ya no es solo una herramienta que ejecuta: es una herramienta que explora.

Y ahí reside la primera lección incómoda para quienes soñaban con Domesticar la IA  o detenerla. Durante años se ha hablado de la IA con un vocabulario de contención, casi de conjuro: prohibir, limitar, moratorias, líneas rojas. La realidad ha desbordado ese lenguaje. Cuando una tecnología multiplica sus capacidades cada pocos meses, cualquier norma que se apruebe hoy nace ya con cierto aire de antigüedad. No es que la regulación sea inútil; es que corre por detrás, y quien corre por detrás no marca el ritmo. La IA no se ha escapado de un laboratorio: se ha escapado de la ingenua pretensión de que podíamos gobernarla como quien pone puertas al campo.

Domesticar la IA

Conviene, sin embargo, deshacer un equívoco. Regular no es destruir. Europa lo ha entendido, aunque a trompicones. El Reglamento (UE) 2024/1689, el célebre AI Act, sentó un marco horizontal basado no en la herramienta sino en el riesgo de su uso. Y apenas dos años después, la propia Unión ha tenido que corregirse: el Reglamento (UE) 2026/1744, el llamado Ómnibus digital, ha entrado en vigor este mismo julio para aplazar las obligaciones más gravosas sobre los sistemas de alto riesgo, sin renunciar a las exigencias de transparencia, que mantienen su fuerza a partir del 2 de agosto. El mensaje que late bajo esa reforma es tan pragmático como elocuente: la norma se pliega al ritmo de la tecnología, y no al revés. La regulación europea ya no aspira a domar un animal quieto, sino a acompañar a uno que no deja de moverse.

Abogacia e IA

Todo esto de Domesticar la IA podría parecer una discusión ajena al despacho, un debate para tecnólogos y legisladores. Sería un error creerlo. El Consejo General de la Abogacía Española dictó su Circular 3/2026 precisamente para ordenar el uso de la IA generativa en el ejercicio profesional, anclando en el deber deontológico algo que muchos habíamos asumido ya por sentido común: que el letrado responde de lo que firma, use la herramienta que use. El Consejo General del Poder Judicial, por su parte, exige mediante su Instrucción 2/2026 un control humano consciente y efectivo sobre cualquier contenido generado por estos sistemas. No hay, pues, prohibición. Hay responsabilidad.

Y la responsabilidad, cuando se ignora, se paga. En febrero de 2026, la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de Canarias multó a un abogado por incorporar a un recurso de apelación hasta cuarenta y ocho citas de sentencias del Tribunal Supremo que sencillamente no existían, junto a un informe igualmente inventado. La herramienta las había fabricado, y el letrado no verificó ni una sola. Meses después, en julio, el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia impuso una sanción mayor por un caso análogo: veinticuatro referencias jurisprudenciales que el magistrado ponente calificó, con ironía memorable, de «libérrima creatividad jurídica». En ambos casos el tribunal fue explícito: el problema no era haber usado inteligencia artificial, sino haberla usado sin comprobar nada.

¿Se podrá o deberá Domesticar la IA?

Ese es, a mi juicio, el corazón del asunto. No fue la máquina la que falló, sino el criterio humano que abdicó de su función. Las llamadas «alucinaciones» de estos modelos, esas invenciones que presentan con aplomo de catedrático, no son un defecto oculto ni una trampa: son una característica conocida de la tecnología. Quien la maneja tiene el deber de contrastar. Un martillo no es culpable del dedo que aplasta al carpintero distraído. La IA es un instrumento de una potencia extraordinaria, capaz de ahorrar horas de trabajo, de ordenar información inabarcable, de sugerir enfoques que a uno no se le habrían ocurrido; pero es un instrumento, no un oráculo, y confundir ambas cosas es la única forma segura de estrellarse.

De ahí que la conclusión no pueda ser el temor, ni tampoco la fascinación acrítica, esas dos formas gemelas de pereza. La conclusión es aprender a manejarla. El profesional del futuro inmediato no será el que rechace la inteligencia artificial por miedo, condenándose a competir con una mano atada, ni el que se entregue a ella con los ojos cerrados, firmando lo que la máquina escupe. Será quien la domine: quien conozca sus fortalezas y desconfíe de sus debilidades, quien la use para volar más alto sin renunciar jamás a mirar el suelo. La verificación, la duda metódica, el juicio propio, siguen siendo, hoy más que nunca, la parte insustituible del oficio.

Domesticar la IA

La inteligencia artificial no se detiene, y no vamos a detenerla. Tampoco deberíamos querer Domesticar la IA. Lo sensato, lo verdaderamente inteligente, es dejar de discutir si viene o se va y empezar a aprender a caminar a su lado. Porque la herramienta ya está sobre la mesa, afilada y dispuesta. Solo falta que la mano que la empuña sepa lo que hace.

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Javier Beltrán-Domenech
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