Un pobre hombre

Un pobre hombre

Ven Uds en TV o escuchan en radio noticias sobre hombres malvados, ruines, inadaptados, “violentos” contra sus parejas, familias e hijos, y le venden la “implacable ley”. Efectivamente, sí, existen. Pero lo que no les cuentan es la historia que le ocurre a un pobre hombre, normal y corriente, y que se esfuerzan en no publicar. Es una mayoría silenciosa que los abogados vemos cada día.

Un pobre hombre

Javier Beltrán-Domenech es abogado especializado en Derecho Procesal y Derecho Civil. 

Hoy, ayer, mañana, un pobre hombre comparece ante los juzgados de familia o ante los Juzgado de Violencia “sobre la mujer” en una posición procesal muy debilitada. Por sistema, sin más. No se trata de una percepción subjetiva. Es una realidad que se constata en la práctica forense diaria y más en los últimos años. El varón «normal y corriente» parte, en muchos procedimientos, con una presunción social de culpabilidad. Esa presunción no escrita condiciona decisiones judiciales relevantes.

Este fenómeno no surge de la nada. Tiene su origen en un populismo jurídico que ha penetrado en el Derecho de familia y en el Derecho penal y que quiere cambiar un pasado que nadie quiere recordar vía películas, publicidad y… sentencias. A través de normas expansivas y discursos simplistas, se ha creado un marco donde el hombre queda desplazado para vengar un pasado del que nada hemos vivido. La ley de violencia actúa como eje vertebrador de esta dinámica.

Conviene analizar este problema con rigor técnico. Solo así se entiende su profundidad y sus efectos reales.

El juzgado de familia como espacio de sospecha permanente

En los procedimientos de familia, y se lo digo porque llevo 30 años en esta materia, un pobre hombre suele afrontar medidas provisionales gravosas. La atribución del uso de la vivienda, la custodia y las pensiones se deciden de forma temprana. Estas resoluciones iniciales marcan todo el proceso posterior, y contra él. No hablaré aquí de la custodia compartida, que evidentemente debe ser caso por caso y no de forma general, y que tanta discusión sigue trayendo porque, de entrada, se vende y explica de forma errónea.

No, hablamos de cómo se puede arruinar la vida de un pobre hombre y condicionar toda su vida económica y familiar por un sistema corrupto. Basta una denuncia para activar protocolos automáticos. Puede hacerla un vecino, el médico de urgencias o un agente de la autoridad. Si hay sospecha el varón es apartado del domicilio. Se restringe el contacto con los hijos. Todo ello ocurre sin una sentencia firme. Un pobre hombre queda así inmerso en una situación casi irreversible. Repito, hablo aquí de una inmensa mayoría que no han hecho absolutamente nada, que son absolutamente inocentes y, cuanto más luchan por sus derechos, más les denostan en los juzgados y Tribunales.

Este sistema genera un desequilibrio evidente. No se valora de forma individualizada cada caso. Se aplica un patrón general. La prudencia judicial se sustituye por el temor al reproche mediático. En consecuencia, la tutela judicial efectiva se resiente. ¿Qué dirán los jueces cuando se derogue la ley.. que la tenían que aplicar obligatoriamente¿? Créanme que hay, del blanco al negro, 236 tipos de grises… y muchos lo saben, y lo hacen. Lo malo es que a veces hay que llegar al Juzgado de lo Penal para acabar con la pesadilla.

Populismo jurídico y presiones externas

El populismo jurídico simplifica conflictos complejos. Reduce la realidad familiar a un esquema de buenos y malos. En ese esquema, un pobre hombre encaja siempre en el mismo rol. Se le observa con desconfianza estructural y como un absoluto inútil. Las leyes de violencia han ampliado su ámbito de aplicación. Esa expansión ha tenido efectos colaterales. Entre ellos, la utilización estratégica del proceso penal en rupturas familiares. Esta práctica, aunque no general, existe y se tolera. El resultado es claro. Un pobre hombre pierde credibilidad procesal. Sus alegaciones se examinan con mayor severidad. La igualdad de armas se diluye en la práctica diaria.

Consecuencias personales y familiares irreparables

Las decisiones adoptadas en los juzgados de familia no son neutras. Tienen un impacto directo en la vida de un pobre hombre. El alejamiento de los hijos (vía no regular visitas de forma inmediata) se convierte en norma. La relación paterno-filial se debilita o desaparece. Un pobre hombre que debe marcharse a vivir a casa de sus padres, amigos, alquilar habitaciones, y por ello pierde fuerza cuando debe alegar dónde va a vivir con sus hijos. Tema complicadísimo cuando, como es de lo que escribo, ha sido buscado a propósito o dejado hacer por la otra parte.

A ello se suma la estigmatización social. Una denuncia, aunque termine archivada, deja huella. Un pobre hombre arrastra un estigma que afecta a su trabajo y a su entorno personal. Esta situación no siempre se logra remontar. El sistema actual prioriza la rapidez sobre la justicia material. Se sacrifica el análisis individual por la aplicación automática de la ley. Ese enfoque resulta incompatible con un Estado de Derecho garantista.

La dificultad de revertir la situación

Una vez adoptadas las medidas iniciales, revertirlas es extremadamente complejo. Un pobre hombre debe demostrar una normalidad que se le ha negado desde el inicio. La carga probatoria se invierte de facto. Incluso cuando no existe condena penal, el daño ya está hecho. El proceso de familia continúa condicionado. La ley de violencia proyecta su sombra durante años. Esta realidad es conocida por cualquier abogado de familia con experiencia.

Necesidad de una reflexión jurídica honesta

No se trata de negar la existencia de violencia real. Se trata de exigir un Derecho equilibrado. Un pobre hombre merece ser juzgado como individuo, no como categoría. La generalización normativa es incompatible con la justicia.Es imprescindible recuperar el principio de presunción de inocencia. También resulta urgente reforzar la valoración probatoria. Solo así se podrá frenar el alejamiento sistemático de un pobre hombre de su familia. El Derecho no puede ser un instrumento ideológico. Debe ser una herramienta de equilibrio social. Mientras esto no se corrija, el conflicto persistirá.

Recuperar la justicia en los juzgados de familia

Un pobre hombre se enfrenta hoy a un sistema que le resulta ajeno y hostil. La combinación de populismo jurídico y legislación de violencia ha creado una situación difícil de remontar. Esta deriva debe ser revisada con valentía institucional.
Es necesario devolver al Derecho de familia su esencia garantista. Solo así se protegerá verdaderamente a todos los miembros de la familia.

Un pobre hombre no pide privilegios. Reclama igualdad ante la ley.

Nuestro Despacho lleva más de 30 años dedicados al Derecho de familia, Derecho procesal y Derecho penal, y posiblemente podamos encontrar una solución para su caso. Le invitamos a consultarnos solicitando cita previa, presencial, telefónica o por videoconferencia, de una hora o media hora, en el teléfono 966 17 12 94 o enviando un mensaje por WhatsApp al 628 42 59 87.
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Javier Beltrán-Domenech
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