La tomadura de pelo se ha convertido en una forma silenciosa de convivencia. La vemos en el consumo, en la política, en los servicios y también en la Justicia. Lo grave no es sólo que ocurra. Lo más preocupante es que casi nadie reacciona. Se acepta el café de cápsula como lujo, se acepta el retraso, la excusa, la falta de medios, la cita lejana y la respuesta incompleta como si fueran parte natural del sistema.
Café de cápsula
Javier Beltrán-Domenech es abogado especializado en Derecho Procesal y Derecho Civil. Javier Beltrán Abogados Alicante.
Hay una rendición colectiva que define muy bien nuestro tiempo. Protestamos poco (menos por chorradas), soportamos mucho y normalizamos casi todo. Además, cuando algo viene envuelto en apariencia de modernidad, lo publicita un lindo ser, y con un nombre hortera y ñoño, lo aceptamos con más facilidad. Nos venden eficiencia sin eficacia, transparencia sin claridad y servicio público sin verdadero servicio.
El ejemplo del café de cápsula en vez del café molino y filtrado que se impone en casa, oficina y hoteles de más de 4 estrellas sigue siendo perfecto. Uno paga lujo y recibe comodidad industrial. No se trata solo del café. Se trata del mensaje. “Le cobro como si cuidara el detalle, pero le doy un mix que tendría en una oficina cualquiera”. Y muchos clientes, en vez de reclamar, se resignan porque, si lo toma Jorge, algo debe tener. Pero lo que tiene es azúcar, riesgos medioambientales y una proporción inexacta de cafeína servida filtrada en aluminio o plástico. Vamos, que de café-café tiene poco.
Café de cápsula
Lo mismo ocurre últimamente con los conciertos. Se pagan entradas muy caras para escuchar a artistas que apenas cantan. Hay pantallas, luces, bases grabadas y un público convertido en karaoke multitudinario al que el concertista deja aullar. El espectador no exige voz, presencia ni verdad. Si el sonido no va bien no pasa nada. Paga por estar allí y por contarlo porque nadie le dice que puede exigir voz y actuación. La experiencia de ir por el FOMO ha sustituido al contenido y grabar con el movil, molestando a los de detrás, es la única intención pese a no verlo nunca luego.
La justicia lenta también es una tomadura de pelo
Y, vamos al grano, esa misma lógica opera en la justicia. El ciudadano, inmensa mayoría, acude esperando tutela, respuesta y protección. Sin embargo, encuentra pasillos vacíos, señalamientos remotos, escritos pendientes y resoluciones tardías. Pero como se le habla de era de la digitalización, videoconferencias y Tribunal de Instancia se vuelve loco y se emociona, hasta que se da cuenta. Por tanto, la tomadura de pelo no está solo en el retraso. Está en llamar normal a lo que no debería serlo.
La justicia lenta desgasta derechos. No basta con reconocerlos en una ley si después se tarda años en hacerlos efectivos. Un procedimiento civil, penal, laboral o contencioso puede cambiar la vida de una persona. No digamos uno de familia. Por eso, cada mes de retraso no es una simple incidencia administrativa. Es ansiedad, coste, incertidumbre y pérdida de confianza. Gente durmiendo en coches y niños en el purgatorio o limbo judicial.
Sin embargo, nadie parece asumir el problema de verdad. Se hacen discursos, planes, reformas y anuncios. Después, el ciudadano sigue esperando. Mientras tanto, el abogado debe explicar lo inexplicable. Debe decir que no hay fecha, que el juzgado está colapsado o que la resolución aún no ha sido dictada.
Justicia en cápsulas
Además, se ha instalado una idea peligrosa. Parece que el justiciable debe agradecer cualquier avance mínimo como cuando le dicen “enhorabuena” cuando transfiere desde la app del Banco. Como si fueramos tontos e imbéciles. Si un expediente se mueve después de meses, se celebra como idiotas. Si una notificación llega, se respira y se encomienda uno a quien sepa. Pero un Estado de Derecho no debería funcionar por alivios ocasionales. Debería funcionar por garantías reales.
Se anuncian plataformas, oficinas, nuevos modelos y palabras grandilocuentes. Pero si el ciudadano no obtiene una respuesta ágil, clara y ejecutable, el decorado no sirve. La tomadura de pelo consiste, precisamente, en confundir apariencia de mejora con mejora verdadera.
Cuando nadie hace nada, el sistema aprende
Aquí aparece la parte más incómoda. No nos toman el pelo solo porque alguien quiera hacerlo. También ocurre porque demasiadas veces lo permitimos. La tomadura de pelo necesita una sociedad cansada, distraída o resignada. Necesita personas que asuman que reclamar no sirve. Necesita profesionales que dejen de alzar la voz. Y en el mundo jurídico la impostura también ha encontrado escaparate. Proliferan “influencers jurídicos” que, con grandes pectorales under 25, pontifican sobre pleitos, estrategias procesales, tribunales y derechos fundamentales sin oficio real. Algunos apenas han pisado una sala. Otros no han sufrido un señalamiento difícil, una vista mal encauzada o una sentencia inesperada.
El problema no es comunicar Derecho. Comunicarlo es necesario. El problema es vender autoridad sin trayectoria, seguridad sin experiencia y soluciones simples para problemas complejos. Eso confunde al ciudadano y rebaja una profesión seria. El Derecho no es una coreografía para redes. Es técnica, prudencia, estudio y responsabilidad.
La tutela judicial no puede ser un producto de escaparate
La justicia no puede tratarse como un producto de consumo rápido. No basta con publicar normas, inaugurar sedes o prometer mejoras. La tutela judicial efectiva exige medios, jueces, funcionarios, letrados de la Administración de Justicia, fiscales, peritos y abogados con condiciones reales para trabajar.
Además, exige respeto al ciudadano. Quien reclama una herencia, una deuda, una indemnización, una custodia, una pensión o una absolución no busca una frase bonita. Busca una respuesta fundada, que el sistema funcione y que el tiempo no destruya su derecho antes de que llegue la resolución.
Y, sin embargo, seguimos aceptando explicaciones insuficientes. Se culpa al volumen de asuntos, a la falta de personal o a la complejidad normativa. Todo eso puede ser cierto. Pero una causa cierta no siempre justifica una resignación permanente. Al contrario, debería obligar a actuar con más intensidad.
Exigir justicia.
La salida empieza por recuperar una vieja costumbre: exigir. Exigir calidad, verdad, oficio y respeto. Una justicia con medios, reformas consensuadas, útiles y no solo titulares políticos.
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